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    lunes, 3 de julio de 2017

    Autodestape de José Antonio Aguilar Bodegas


    José Antonio Aguilar Bodegas desea contender a gobernador por el partido que sea. Y es un candidato de cuidado: conoce Chiapas, tiene amigos y seguidores en todos los municipios y es el único, fuera del Verde y del PRI, capaz de construir una estructura competitiva para las elecciones de 2018.

    Sabe que su candidatura en el PRI difícilmente prosperará; que ese partido tiene ya candidato, un candidato debilitado, cuestionado y frágil, como las ollas porosas de mi pueblo, útiles solo para piñatas, encarnado en Roberto Albores Gleason.

    Al ver cerradas las posibilidades por el partido que lo lanzó como candidato en 2006, Jósean prepara su cambio de bandera política. No tiene nada seguro, pero aspira a convertirse —como otros tantos políticos— en la persona que encabece la  candidatura a gobernador por Morena.

    Su presencia en el ánimo de muchos, muchas electoras, es importante. En las encuestas levantadas aparece siempre entre las principales opciones, y eso que su desempeño como secretario del Campo ha sido opaco, en especial por su alianza con el nebuloso Manuel de la Torre, convertido en su colaborador principal y en su principal problema.

    En un audio que se dio a conocer la semana pasada, José Antonio Aguilar Bodegas afirma —y con razón— que Pablo Salazar Mendiguchía impuso a Juan Sabines Guerrero, mediante una elección de Estado. El dirigente del Movimiento de la Esperanza se defendió diciendo que quien realmente palomeó a Sabines fue Andrés Manuel López Obrador, lo cual también es cierto.

    Es decir, AMLO se inclinó por Sabines Guerrero en detrimento de Rubén Velázquez, el verdadero candidato de Pablo Salazar, pero éste, cuando supo del nuevo ungido, tendió toda la estructura gubernamental para dejarlo pasar y convertirlo en su heredero transversal, por su odio hacia Jósean. Solo que sus cálculos, de manejo y sometimiento del nuevo gobernador, fallaron, y su antiguo protector se convirtió en su verdugo.

    “El pueblo de Chiapas”, le reclamó Aguilar Bodegas a Pablo Salazar, “no te perdonará jamás haber impuesto a un sucesor que nos hundió en la miseria por incontables generaciones, con una deuda muy pesada.Tú destrozaste la voluntad popular y acabaste por imponer a quien aprovechó a su manera las circunstancias”.

    Pese a todas las evidencias, Salazar Mendiguchía se ha resistido a aceptar que fue el elemento clave para entronizar a Sabines en el trono aterrador y corrupto en que convirtió su sexenio.

    A Pablo Salazar se le reclama muy poco sobre su gestión. Fue un buen gobernante, el más destacado en lo que va de este siglo, pero hay un resentimiento casi generalizado por haber creado de la nada a un monstruo que saqueó y ofendió al pueblo chiapaneco. Y ese resentimiento se multiplica porque el exmandatario no ha expresado, no ya un acto de constricción, sino confesión necesaria por su equivocación, que lo golpeó a él mismo con un encarcelamiento injusto.

    José Antonio Aguilar Bodegas, en este escenario de políticos demasiado verdes, puede irrumpir de nueva cuenta y, a diferencia de 2006 en que tuvo al enemigo en palacio, hoy tiene a un gobernante que lo alienta a regresar al ruedo político y que lo apoyará en las elecciones de 2018, si es que resulta candidato por Morena o por algún partido de los que tanto abundan en Chiapas.
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